EL POBLADO IBÉRICO DEL "CERRO DE LAS NIEVES" PEDRO MUÑOZ (CIUDAD REAL)

1. Trabajos de campo

inicio

          La primera "intervención" material sufrida por el yacimiento, en un momento del que no tenemos precisión cronológica (inicio de los años setenta), fue llevada a cabo por el párroco local y, a pesar de su supuesta intención "científica", causó la destrucción de una parte importante de la zona norte del yacimiento mediante trincheras no sistemáticas que posteriormente han entorpecido en cierta medida la interpretación de los restos remanentes. De tal acción proceden variados materiales cerámicos y metálicos, hoy localizados en la Casa de Cultura de Pedro Muñoz y el Museo de Ciudad Real, que sirvieron para una primera asignación cronológica y cultural del sitio (ALMAGRO GORBEA 1978: 136-8, figs. 19-22).

          Dicho modelo presentaba dos fases culturales en el yacimiento: una estratigráficamente inferior, del Bronce Final o I Edad del Hierro, y otra superior, ya plenamente ibérica. La base para tal dualidad la aportaban los materiales cerámicos, unos a mano de tradición de Campos de Urnas y otros a torno con decoración pintada, que se suponía provenientes de diferentes contextos, aunque éstos no hubiesen sido detectados en la excavación a causa de la deficiente metodología. A pesar de su débil base, esta periodización, sin duda debido a la inexistencia de otros datos alternativos para la zona, ha sido incorporada a manuales y síntesis regionales ya publicadas (p.e. ALMAGRO GORBEA 1986: 512; LOPEZ ROZAS 1987: 343).

          Las excavaciones en regla llevadas a cabo en Pedro Muñoz a partir de 1984 (que incluyen el levantamiento hasta niveles estériles de algo menos de un cuarto de la superficie total del poblado) han mostrado la inexistencia del supuesto nivel inferior de cerámicas exclusivamente a mano: desde el inicio de su ocupación, la cerámica a torno de tipo "ibérico", con decoración pintada de círculos concéntricos y líneas paralelas, formó una parte esencial de la cultura material de sus habitantes, aunque la cerámica a mano, con formas y decoraciones indistinguibles a veces de sus antecesoras de la Primera Edad del Hierro, tuvo una importancia considerable, decreciente con el tiempo, a lo largo de toda la ocupación (siglos V y IV a.C.).

          La primera campaña de excavación se llevó a cabo desde el 8 de octubre al 20 de diciembre de 1984, siendo directores de la misma M. Almagro Gorbea, G. Ruiz Zapatero y V.M. Fernández Martínez; la segunda del 22 de septiembre al 21 de noviembre de 1986, la tercera del 19 de septiembre al 21 de octubre de 1988, siendo director V.M. Fernández, la cuarta del 18 de septiembre al 20 de octubre de 1989, la quinta del 19 de septiembre al 21 de octubre de 1990, y la sexta del 22 al 27 de septiembre de 1991, con E. Hornero y V.M. Fernández como directores. Las dos primeras campañas contaron, aparte de la aportación de la Junta de Comunidades, con subvención económica por parte del Instituto Nacional de Empleo, lo que permitió contar con el trabajo de obreros agrícolas (siete en 1984 y catorce en 1986), mientras que en las dos siguientes la financiación corrió a cargo únicamente de la Junta de Comunidades, siendo el trabajo realizado por estudiantes de las universidades Complutense y de Castilla-La Mancha.

          La primera campaña fue dedicada fundamentalmente a tomar contacto con el yacimiento: se comenzó la excavación de los recintos 1 y 2, y del empedrado adyacente al primero de ellos (fase II); se excavó el talud del cerro en su lado norte, mostrándose imposible el estudio estratigráfico desde el exterior del mismo a causa de los hornos de cal modernos allí situados, que habían destruido y mezclado los restos en esa zona; y se llevaron a cabo catas de sondeo en la zona exterior del cerro al norte (estéril), y al sur, centro y oeste de la elevación. Esta última cata ya resultó entonces negativa en cuanto al nivel inferior antes citado se refiere. La cata de sondeo sur mostró que en esta zona no existían niveles arqueológicos (sólo la elevación natural); la cata de sondeo centro, por el contrario, reveló una gran potencia de depósito, con restos arquitectónicos ibéricos profundos que seguramente enlazan con la fase I del poblado detectada en la zona norte durante las siguientes campañas. Sobre esta campaña ha sido publicado un informe preliminar (FERNANDEZ 1988).

          La campaña de 1986 sirvió para ampliar, en área y en profundidad hasta niveles naturales, la excavación de la zona norte, con dos fases claras de ocupación del poblado: la más profunda (fig. 1) con los recintos 2 y 6 al 13, y la fase II, separada de la anterior por un nivel definido por hogares sin estructuras, con los recintos 1 al 5 (el número 2 no presenta discontinuidad entre las dos fases). De esta campaña procede el grueso de la información recogida hasta ahora en el yacimiento, y con estos datos y los de la campaña anterior se publicó un estudio funcional de los recintos (FERNANDEZ y HORNERO 1990; ver 4 infra).

          En la campaña de 1988 se efectuó la ampliación en área, hasta niveles naturales, de la esquina sur-oriental de la excavación de 1984-86, poniendo a la luz los recintos 15 al 19, caracterizados por una gran presencia, si se compara con los recintos anteriores, de hogares, algunos de ellos de gran tamaño. Por último, en la campaña de 1989 trasladamos la excavación hacia la zona oeste del cerro, excavando allí los recintos 20 al 30, algunos de ellos sólo parcialmente, sin llegar a niveles naturales por falta de tiempo. Hay que destacar que en esta zona del cerro la separación entre las dos fases antes citadas es mucho menos clara que en la zona norte. La campaña de 1990 se llevó a cabo en el área intermedia de las excavaciones de 1984/86/88 y de 1989, con el fin de completar la planta de edificaciones en toda la zona norte del poblado, comprobándose, por un lado, que la planta del poblado completo no es circular, tal como se había supuesto a partir de las estructuras excavadas en 1986 (ver plano), y, por otro, que el cierre se hacía con los muros colocados en forma escalonada, existiendo pequeñas puertas de acceso en algunos de los quiebros del muro de cierre. En la campaña de 1991, de muy corta duración por la escasez de presupuesto económico, se pudo observar una nueva irregularidad en la disposición de la planta exterior del poblado, con un muro que en vez de ser paralelo a los demás (aproximadamente en una dirección Norte-Sur), corre en forma oblicua hacia el Suroeste. Un hecho de gran interés observado en estas dos últimas campañas ha sido la inexistencia de una verdadera muralla de cerramiento del poblado (sólo pequeños muros de adobe, de anchura variable pero escasa), lo cual sin duda sugiere una época de convivencia pacífica entre las poblaciones de la zona manchecha a inicios de la iberización.

          En todos los casos la técnica de excavación consistió en levantar niveles horizontales de 5-10 cms. de espesor, que forman los contextos de los materiales en ellos encontrados, y dibujar a escala 1:20 todos los restos de cada nivel. Aunque el yacimiento fue cuadriculado teóricamente en cuadros de 5 X 5 mts., una vez alcanzados en la excavación los topes de los muros de separación entre recintos, éstos pasaban a convertirse en contextos reemplazando a las catas superiores. Así, por ejemplo, en la cata B-2 los materiales superiores llevan la sigla B2, además de la indicación de cuadrante dentro de la cata y nivel artificial, pero una vez detectados los muros del recinto 2, que ocupa la mayor parte del área del cuadrado, los materiales llevan la sigla R2, además de indicación de la capa artificial en la que aparecieron: R2C1, R2C2, etc.

          En la actualidad el estudio de los materiales no se ha efectuado todavía en su totalidad, a la espera de completar con las excavaciones de los próximos años una área grande y homogénea, por lo que las ideas avanzadas en el presente informe han de ser tenidas por preliminares.

2.- Estructuras de habitación

inicio

           Los espacios que hemos llamado "recintos" están siempre delimitados entre sí por muros, siendo éstos de adobes, mamposteria o bien las dos técnicas combinadas (lo más frecuente es que las piedras vayan debajo, pero también existen ejemplos de lo contrario). Los adobes suelen ir contrapeados longitudinalmente, apreciándose esta disposición en el tope de los muros o cuando se efectuaron cortes verticales de algunos de ellos. En ciertos ejemplos se pudo comprobar claramente la existencia de un enlucido lateral de color claro sobre los adobes, aplicado en una o varias capas, y en el caso excepcional de los recintos 9 y 11, la puerta que los separa llevaba una decoración pintada de bandas verticales rojas en jambas y esquinas próximas.

           Debido a la inconsistencia de este tipo de construcción, durante la ocupación se produjo el derrumbamiento periódico de las estructuras, que eran de nuevo levantadas sobre los restos aplanados de las anteriores, dando al cerro una estructura típica de tell. Por esto mismo el relleno de los recintos consistía sobre todo en derrumbes de muros (en los que se apreciaba casi siempre la disposición antedicha de los adobes), junto con manchas de ceniza, manchas coloreadas de orígenes diversos, etc. Al reconstruir los muros se mantenía siempre la misma alineación (excepto entre la fase I y II, aunque incluso aquí hay dos casos en los que también se mantuvo), por lo que al final lo que se excavaba era el resultado final de varios re-alzamientos de cada muro (cuyo interior, en la primera fase hasta unos dos metros de altura, tenía a veces discontinuidades, adobes intercalados con simple relleno).

           Debido a la estructura de tell, en ocasiones se detectaron suelos de habitación a diversas alturas dentro de los recintos, así como algún hogar "colgado". No obstante, la mayoría de los rasgos constructivos se encontraron sobre el suelo original, situado inmediamentamente encima de la roca virgen de marga arcillosa. Casi todos los recintos contaban con un hogar, masa de arcilla endurecida con fragmentos cerámicos o cantos rodados como aglutinante, de forma redonda u ovalada. En algunos, casi todos los de la zona norte, había una "cubeta" , estructura de adobes y/o piedras con forma cuadrada y unos 50 cms. de elevación sobre el suelo, cuya parte superior había sido moldeada en arcilla (con varias capas de distintas coloraciones), con forma abarquillada de 10-15 cms. de fondo. El uso de esta especie de pequeños "lavabos" es difícil de averiguar, aunque en algunas publicaciones se cita el posible de amasar el pan (BLASCO y ALONSO 1985: 57). El suelo mismo estaba formado por varias capas de arcilla de distintas coloraciones (¿sucesivas aplicaciones?), alcanzando a veces hasta 6-7 cms. de espesor. Algunos recintos también contaban con bancos de adobes adosados a las paredes en alguno de sus lados.

           De los techos apenas fueron encontrados restos, si exceptuamos las vigas quemadas del recinto 1 y los tres agujeros de poste colocados en línea en el centro del recinto 9 (el de mayor tamaño), que seguramente sirvieron para sujetar algún tipo de cubierta vegetal .

           Bajo los suelos antes citados, en dos ocasiones para la fase I y cuatro en la fase siguiente, se registraron enterramientos infantiles infantiles de recien nacidos o fetos a término, en posición contraida y sin ningún ajuar.

3.- Materiales y cronología.

inicio

          La mayoría de los materiales muebles recuperados corresponde a los cerámicos, habiéndose registrado más de 20.000 fragmentos en las cuatro campañas. Una vez recogidos en su correspondiente capa arbitraria (contexto), los fragmentos eran clasificados en clases generales, y luego contados y pesados; de esta forma se posee información cuantitativa de cada clase en cada contexto. Aquellos fragmentos que presentaban alguna información suplementaria a la de "clase", normalmente de forma o decoración, fueron siglados e inventariados (más de 10.000), incorporando una clasificación más "fina", en tipos.

          La reconstrucción completa de vasijas se intentó únicamente en el caso de aparecer in situ los fragmentos de las mismas (en torno a la decena), por falta del tiempo y la financiación necesarios para llevarla a cabo con la totalidad de los fragmentos. (Los fragmentos fueron guardados agrupados por contexto, en previsión de que tal tarea pueda ser llevada a cabo en el futuro.) Con todo, al clasificar por tipos los inventariados fue posible en muchas ocasiones reconocer partes de un mismo vaso (en general, partes del mismo borde o fondo); en estos casos las partes ensambladas se cuentan como una sola unidad, y cuando aparecen en contextos diferentes (p.e. distintas capas de un mismo recinto), el dato sirve para controlar en parte la primariedad y los mecanismos de formación del depósito. Se espera que la medición de la variable "equivalente" de borde o fondo sirva para compensar en el estudio cuantitativo final el posible sesgo producido por el distinto índice de rotura de los diferentes vasos o clases cerámicas (ORTON 1988: 174-7).

          Se distinguieron cuatro clases generales cerámicas: a torno ibérico oxidante, usualmente con decoración pintada; a torno gris; a mano gruesa, en vasijas grandes de almacenaje o cocina; y a mano fina, en pequeños vasos troncocónicos o bicónicos, de tradición de Campos de Urnas. En cada una de estas clases se elaboró una tipología de formas de borde y fondo, en ocasiones unidos en una forma completa (vasos pequeños), que constituyen cerca de cincuenta tipos en total (la serie se incrementa en cada nueva campaña, aunque con velocidad decreciente).

          Hasta ahora sólo se ha realizado un estudio de cronología comparada con los materiales cerámicos a torno de la primera campaña, que nos parecen una muestra bien representativa de los hallados en las siguientes (FERNANDEZ 1988: 361-3). De él se deduce que el elenco cerámico del Cerro de las Nieves sigue en líneas generales el ibérico bien conocido del Sudeste español, aunque para algunas formas parece más probable la influencia interior desde el área celtibérica o del Ebro. Las fechas en que se dan estas cerámicas en su área de origen son los siglos VI y V a.C., que deben ser reducidas para tener en cuenta el retraso de su llegada al interior peninsular. Un aspecto interesante de la cronología relativa del sitio es la aparente mayor antigüedad de las formas oxidantes con borde cefálico vuelto hacia abajo, con respecto a los bordes de labio recto y colocación horizontal, lo cual se corresponde con una evolución parecida, aunque nunca explícita en las publicaciones, en otros yacimientos como el cercano, algo más antiguo, de Los Saladares (ARTEAGA y SERNA 1975).

          Dos tipos de material, mucho más raros en el yacimiento, nos sirven en mejor manera para precisar el rango cronológico del mismo: las fíbulas en bronce y la cerámica griega importada. De las primeras destacan varios ejemplares, algunos completos y bien conservados, de fíbulas de doble resorte con puente plano, que aparecen siempre en la fase I del poblado. Las fechas de tales piezas han sido objeto de discusión y poseen un amplio rango, pero una colocación en el siglo V a.C. parece bastante plausible, si no queremos llevar demasiado hacia atrás la introducción de la cerámica a torno en la mesetar sur. Con todo, en el yacimiento se registraron también (aunque en contextos revueltos poco claros) algunos fragmentos cerámicos con formas de C.U. y decoración de acanaladuras, que de ser coetáneos con lo anterior atrasarían tal vez en un siglo la datación de la primera fase del poblado (RUIZ ZAPATERO y LORRIO 1988: 259-60, fig. 3).

          En la segunda fase, y únicamente en ella, se registraron varios fragmentos de skyphos y kylix áticos, cuya cronología de fabricación se conoce en la segunda mitad del siglo IV a.C. En tal época, por tanto, o poco después, se debió producir el abandono del poblado.

4. Análisis funcional.

inicio

          Utilizando un programa informático de Gestión de Bases de Datos (dBASE-III) sobre los inventarios cerámicos informatizados de cada campaña, se llevaron a cabo diversos análisis con los datos de las dos primeras (FERNANDEZ y HORNERO 1990), que se pretende continuar y ampliar próximamente con los inventarios de las restantes (FERNANEZ y FERNANDEZ 1991).

          El control de la primariedad de los depósitos se efectuó mediante la contrastación de los diferentes contextos en donde aparecían fragmentos de la misma pieza cerámica. En la mayoría de los casos se trataba de distintas capas artificiales del mismo recinto, pero a veces separadas hasta 70 u 80 cms. en vertical, lo que está de acuerdo con el mecanismo de formación de los depósitos, por derrumbe de paredes y/o techos. Para cada recinto esperamos poder reconstruir el proceso mediante estos datos y la superposición de las planimetrías de cada nivel artificial. En algunas ocasiones, los fragmentos procedían de distintos recintos que estaban comunicados mediante pasaje o bien lo habían estado en algún momento del en ocasiones complicado proceso de remodelación de las estructuras. Otros ejemplos de relación entre recintos por el mecanismo anterior fueron detectados entre varios recintos de actividad primaria y otros de deposición secundaria (basureros).

          Ya que, según acabamos de ver, no parece existir relación de desechos entre los recintos de actividad primaria no comunicados (al menos en la parte analizada hasta ahora, recintos 1 al 14), esto sugiere que los desechos de cada habitación corresponden a actividades allí realizadas, y que estos recintos no sirvieron de basureros, en algún momento de desocupación de los mismos, para los restantes. Esta condición, fundamental para cualquier inferencia funcional de las habitaciones, se comprobó de nuevo mediante la comparación de los tipos presentes en cada nivel artificial de cada recinto, resultando positiva: no existen diferencias apreciables en el contenido y, por ejemplo, el recinto 2 se caracterizaba por la cerámica a mano en todos sus niveles, los recintos 7-8 (en un tiempo comunicados) por la cerámica gris, el recinto 9 por la cerámica oxidante, etc.

          Otro mecanismo de control consistió en la comparación del tamaño de los fragmentos entre unos y otros recintos, mediante el cálculo del tamaño y equivalente medio para las distintas clases y elementos (bordes, fondos, galbos), además de sus respectivas desviaciones típicas. Se comprobó que no existían diferencias significativas entre nigún recinto con excepción de los basureros, en los cuales los fragmentos eran claramente mayores, seguramente porque a ellos se arrojaban los grandes inservibles, dejando que los pequeños se incorporaran a los propios suelos, donde por la presión ejercida sobre los mismos se fragmentarían aún más.

          Todo lo anterior (desechos homogéneos en cada habitáculo) nos permite aplicar con confianza diversas técnicas de análisis con el fin de inferir la posible funcionalidad de cada recinto. Partiendo de una tabla de frecuencias de cada tipo cerámico (agrupando algunos de éstos por simplificación) en cada recinto, usamos varios tipos de análisis estadístico multivariante (conglomerados, componentes principales, proximidades, análisis factorial de correspondencias), siendo el último el que mejores resultados ofreció en cuanto a "reducir" los datos de forma significativa (GREENACRE 1981; BOLVIKEN et al. 1982). Análisis parecidos han servido para encontrar explicaciones funcionales a partir de desechos habitacionales en otros yacimientos, especialmente en los bien conocidos del SW norteamericano, donde se aplicaron por vez primera algunas de las teorías de la revolución arqueológica de los años sesenta y setenta (yacimientos "Pueblos": SCHIFFER 1976: 178-85; CIOLEK-TORRELLO 1984).

          El análisis de correspondencias asoció grupos de recintos comunicados (9-11, 7-8-10, 2-12, etc.) con grupos de tipos cerámicos (vasijas grandes oxidantes, pequeñas grises, mano gruesa y fina, etc.), sugiriendo la existencia de grandes unidades funcionales formadas por más de un recinto. La primera (9-11) es donde la puerta estuvo decorada, se encontraban las tumbas infantiles y no existía hogar; se trata de los recintos más grandes y donde aparecieron más fusayolas. La segunda (7-8-10) es donde se registró la mayoría de los molinos de mano del yacimiento, y cuenta con dos hogares, un posible horno y tres cubetas. La tercera (R2 con el basurero R12) sólo tenía un hogar y una cubeta, pero ambos de gran tamaño, aparte de gran cantidad de cerámica a mano grosera con huellas de fuego. Todo ello nos sirve para proponer la primera unidad como centro de reunión-ritual-téxtil asociado fundamentalmente a la cerámica oxidante, tal vez importada, la segunda de elaboración de alimentos (¿preparación del pan) en diversos compartimentos, asociada a la cerámica gris, y la tercera como de cocina propiamente dicha, asociada a la cerámica a mano.

          Por lo tanto, los distintos recintos corresponden a áreas de actividad diferentes y debieron ser empleados por un único grupo en distintos momentos. No obstante, el estudio de los procesos de remodelación sugiere que al principio esto no fue así: el recinto 9 tuvo un hogar al comienzo, luego cubierto por un nuevo suelo, y los recintos 7 y 8 estuvieron unidos, formando todos ellos una disposición estructural muy parecida, de dos habitaciones comunicadas por un pasaje, con hogar central y cubeta al oeste tras pasar la puerta hacia el interior. Es posible que en un comienzo existieran pequeños grupos familiares ocupando espacios multi-funcionales, que luego, por crecimiento demográfico o mayor complejidad de las relaciones de parentesco, formaran grupos más numerosos.

          Al realizar la excavación hacia el SE de los recintos anteriores (campaña de 1988) se registraron otros habitáculos (R15 a R19), con disposición distinta: en suma eran dos habitaciones con una cantidad anormal de hogares (seis en un espacio relativamente pequeño), unidos a un gran basurero, en que se recogieron, embebidos en cenizas, muchos restos de fundición ("gotas" de cobre), abundantes fíbulas y otros objetos. Ello sugiere una cuarta unidad de actividad, dedicada a la fundición del bronce.

          Por último, las excavaciones de 1989, 1990 y 1991 revelaron una disposición algo distinta también: aunque todavía no han sido estudiados los hallazgos, aquí la fase I presenta pocos restos, dando la impresión de un abandono rápido seguido por una utilización de toda la zona como basurero (gran nivel de cenizas, con más de un metro de espesor), tras lo cual se elevaron las estructuras de la fase II (conclusión provisional), definidas, al igual que el basurero, por la abundancia en ciertos recintos de restos de fundición. El análisis estadístico de los restos de esytas últimas excvaciones, permitirá posiblemente resolver la cuestión de la dualidad funcional (áreas de fundición a ambos lados del poblado), así como la contradición aparente de la planta total al norte, que al lado este parece circular y al oeste cuadrada.

5. Conclusiones

5.1.- La Meseta Sur durante el último milenio a.C.

inicio

          Además de presentar la meseta sur una gran hetereogeneidad, no sólo geográfica sino también cultural durante la época tratada, cuando fue centro de múltiples y distintas influencias periféricas, el principal problema para su estudio radica sin duda en la parquedad de la información arqueológica disponible. Ni siquiera en el apartado de la excavación de yacimientos contamos con datos modernos y fiables: los trabajos antiguos se publicaron de forma muy sumaria, y de los actuales todavía no existen más que informes preliminares en la mayoría de los casos, limitándose los completos a pequeñas catas de sondeo y nunca a excavaciones en extensión.

          Con todo, la carencia informativa más patente se refiere a la prospección, tarea que sólo en los últimos años parece haberse emprendido seriamente, pero de forma desigual y limitada a pequeñas áreas y zonas de algunas provincias. Ello es causa de que avances metodológicos indispensables en la moderna interpretación arqueológica, como el análisis espacial de modelos de asentamiento o el estudio de marcos regionales, estén todavía muy lejos de ser posibles en la submeseta sur española. En consecuencia, los trabajos de síntesis sobre la región han de ser vistos con profunda suspicacia y clara conciencia de su carácter preliminar: se trata de modelos, obligatoriamente defectuosos, que simplemente tratan de integrar los pocos datos disponibles.

          Durante el último milenio antes de nuestra era tres fases culturales son discernibles en la meseta sur: el Bronce Final, definido por la cultura de Cogotas I, la Iª Edad del Hierro, con las influencias de los Campos de Urnas del NE como elemento más destacable en apariencia, y la IIª Edad del Hierro, época en que se produce la iberización de la zona primero y la entrada en el registro histórico con la posterior romanización. El problema fundamental en el estudio arqueológico de los tres períodos es la ausencia de control cronológico interno: en otras palabras, los yacimientos y artefactos típicos de cada uno se asignan en general a la fase completa, siendo muy difícil por tanto analizar la evolución cultural y sobre todo la transición entre unas épocas y otras.

          La cultura de Cogotas I, definida por determinados formas y decoraciones cerámicas (incisión, impresión, excisión y boquique), se conoce casi únicamente en la zona norte de la meseta (afluentes del Tajo en la provincia de Madrid), y a pesar de que la investigación reciente tiende a ampliar hacia el sur la dispersión de yacimientos (provincia de Toledo), sigue dando la impresión de que tales elementos no existen en La Mancha, donde parece existir un incómodo vacío si se compara con la clara presencia de los elementos en gran parte de Andalucía.

          Algunos aspectos destacables en este período son los yacimientos de "fondos de cabaña" -cuya gran extensión en ciertos casos sugiere una reocupación continua durante largo tiempo-, situados en el llano y con orientación económica ganadera, en contraste con algunos sitios localizados en puntos elevados, cuya dedicación económica, aún sin comprobar, pudo ser diferente (¿comercio y agricultura?) y tal vez complementaria de la anterior para los mismos grupos humanos (como los estudios territoriales de Barker han demostrado para el Bronce italiano). Ante la ausencia de yacimientos estratificados, la cronología relativa ha intentado basarse en un sistema, en principio tan inapropiado, como las fechas radiocarbónicas, todavía escasas y muchas veces problemáticas. Por tratarse de yacimientos compuestos de los clásicos "conjuntos cerrados", el método de la seriación aplicado a los fondos de cabaña puede servir en un futuro para establecer cronologías "finas" de la fase Cogotas, que serían de gran ayuda para entender la evolución y los momentos finales de esta cultura.

          La I Edad del Hierro en la meseta sur aparece como un período intermedio, oscuro y mal definido, tal vez debido a su corta duracion, apenas dos siglos desde fines del siglo VIII hasta el final del VI a.C. Las formas cerámicas continúan algunas de la fase anterior, añadiéndose los pequeños vasos bicónicos y troncocónicos con elementos de suspensión en relieve. El origen de los escasos elementos decorativos (pintura post-cocción, grafito, almagra, acanalados) sigue siendo un problema clave para la cronología relativa y las influencias culturales exteriores sobre la región en esta fase. Los datos actuales parecen sugerir una lenta desaparición de los motivos de Cogotas durante una buena parte del período, en simbiosis al principio y luego sustituidos por los más modernos, de origen primero en el sur peninsular (cerámica pintada, fíbulas de codo durante el siglo VIII), y después en los Campos de Urnas del Ebro (acanalados; siglos VIII-VII).

          Lo anterior explica que se conozcan pocos asentamientos "puros" del Hierro I (ahora casi únicamente en altura, como el Cerro de San Antonio), y que la cultura se haya definido sobre todo por sus restos funerarios. En algún momento de la fase se produjo el cambio de ritual de enterramiento (de inhumación a incineración), algo sin duda más significativo culturalmente que los nuevos elementos materiales antes citados. De las primeras necrópolis de urnas en la meseta sur hay que destacar su aparición cronológica tardía (siglo VI a.C.), su localización exclusiva en las zonas nororientales de la meseta (salvo el extraño caso de Munera) y su fuerte relación cultural con la interesante región, mejor definida étnicamente, del Alto Duero y Alto Jalón.

          Es costumbre situar cronológicamente el comienzo de la II Edad del Hierro en el momento en que se produce la "iberización", el cual a su vez se define por la aparición de las cerámicas a torno pintadas, con origen en el Sudeste peninsular y Andalucía. Este fenómeno no fue sincrónico en toda la meseta, sino que comenzó primero en Albacete y sur de Ciudad Real y se difundió luego hasta las zonas más septentrionales a lo largo del siglo V a.C. Al contrario de lo que ocurría al comienzo de la fase anterior, ahora se conocen escasos yacimientos de transición, puesto que en los pocos excavados con cerámicas a mano del Hierro I, éstas aparecen ya mezcladas con las pintadas a torno desde el primer momento (Villar del Horno, Pedro Muñoz). Parece como si el complejo cultural del primer Hierro hubiese acabado justo de definirse cuando fue súbitamente iberizado a comienzos del siglo V a.C. o fines del anterior, lo cual concuerda con la perduración de Cogotas I antes apuntada. Habrá que esperar, pues, a la ampliación o publicación de las excavaciones en algunos yacimientos en que parecen existir ambas fases claras (p.e. Alarcos o Valdepeñas) para evaluar la transición e incluso para conocer los caracteres "puros" del final de la I Edad del Hierro.

          Venciendo los escrúpulos que producen las síntesis preliminares, un intento de periodización de la época ibérica en la meseta sur podría ser el siguiente: una primera fase con poblados pequeños y escasamente defendidos (con la probable excepción de la zona meridional), con abundante cerámica a mano de formas e incluso decoraciones del Hierro I, a la que se añaden los dos tipos clásicos a torno, oxidante pintada (con característicos bordes "cefálicos") y reductora gris. Los diferentes tipos de construcción de las viviendas, con adobes o mampostería, parecen depender de los materiales disponibles en cada zona y no ocultan la uniformidad en la disposición de los recintos, siempre de forma rectangular y adosados unos a otros. Algunos de estos asentamientos duraron poco tiempo, abandonándose algo después de la aparición en ellos de cerámica griega importada en el siglo IV (Pedro Muñoz), o incluso antes de este hecho (Villar del Horno).

          El inicio de la segunda fase, más interesante pero paradójicamente peor conocida, coincide o es poco anterior a la entrada de la región en el registro histórico, con los conflictos de la segunda guerra púnica y la posterior conquista romana. En cuanto a cultura material, la cerámica a mano sigue la línea descendente ya iniciada en la fase anterior, continúan las cerámicas pintadas (ahora con labios rectos además de los cefálicos) y grises, y aparecen las cerámicas estampilladas y de barniz rojo (estas últimas ya se conocían en la zona sur, p.e. en Alarcos, con fecha anterior). Al menos en un caso (El Cerrón de Illescas) la excavación ha mostrado con cierta claridad ambas fases, cuyo modelo es también congruente con la ausencia de los elementos que definen la segunda de ellas en ninguno de los dos yacimientos antes citados.

          A juzgar por las inspecciones superficiales y la excavación en alguno de ellos (Corral de Almaguer), es ahora cuando comienzan los grandes castros fortificados de la zona central de la meseta (Yeles, Consuegra, Mora, etc.) y también es posible que sea éste el momento de la difusión de necrópolis de incineración en esta misma región (Villanueva de Bogas, Villafranca de los Caballeros). En ambos casos, la zona mostraría un gran retraso respecto a los castros del sur y a las necrópolis nororientales y las (sólo ibéricas) de la región de Albacete.

          Respecto a la debatida cuestión de la etnicidad de los pueblos preromonos de la meseta, se han de volver a mencionar las carencias de la investigación regional planteadas al principio, a las que lógicamente se añade la propia dificultad de encontrar alguna correlación entre la distribución de los items culturales y las supuestas "etnias" o grupos sociales diferenciados en el pasado. Con todo, ciertas coincidencias no dejan de llamar la atención, según veremos seguidamente.

          Ya durante el Bronce Final, la aparición de estelas decoradas, llamadas del Suroeste, exclusivamente en las zonas orientales, sugiere la existencia de una práctica que diferencia a los antepasados de los lusitanos y vettones de las poblaciones meseteñas. Dicha separación parece prolongarse en fechas posteriores, como atestiguan los hallazgos orientalizantes en Extremadura que, al igual que antes la estelas, penetran sólo hasta la comarca toledana de la Jara (necrópolis de El Carpio), y la todavía más reciente distribución de las esculturas de verracos, que en más de una ocasión han servido para marcar la frontera entre carpetanos y vettones.

          La distinción que se aprecia durante el Bronce Final entre la parte norte de la meseta, afín a la cultura norteña de Cogotas I, y la ausencia de estos restos en la zona manchega, donde ya antes existió una cultura altamente distintiva (Las Motillas), puede estar en relación con el origen de la separación posterior entre carpetanos y oretanos. Dicha diferencia se mantiene, como vimos, durante gran parte del último milenio a.C.: contactos mucho más intensos con los pueblos alto-andaluces, también oretanos (hallazgos orientalizantes en Alarcos), misma disposición temprana en grandes castros, etc.

          La separación de carpetanos y celtíberos parece también intuirse, aunque algo más tardía, por la anterior aparición de las necrópolis de incineración en los rebordes nororientales de la meseta, como luego se va a confirmar por la distribución geográfica de las inscripciones dedicadas a divinidades indígenas. La diferencia entre las necrópolis de Cuenca (sin armas) y las de Guadalajara y regiones más al norte, aparece de momento como la única pista arqueológica de una posible diferencia étnica entre olcades y celtíberos propiamente dichos. Por último, también es el mundo funerario donde únicamente se pueden seguir las huellas de una posible distinción entre los bastetanos (necrópolis ibéricas antiguas en Albacete) y Oretanos, y entre los primeros y los olcades, cuyo mundo funerario es mucho más "céltico" que ibérico.

          Según esto, ¿qué nos queda para definir arqueológicamente la Carpetania, aparte de la ausencia de los rasgos propios de sus vecinos? Ya los mismos datos históricos muestran claramente la poca personalidad de esta región intermedia, la cual deja muy pronto de ser referida como unidad étnica en los textos romanos. La misma intromisión de elementos procedentes de etnias del norte (cerámica a peine y estanpillada de la zona vaccea) y del sur (difusión aparentemente tardía de la incineración y los grandes castros desde las zonas celtíbera y oretana) está de acuerdo con su carácter transicional. Por otro lado, la pretendida "señal propia" de la cerámica "jaspeada" ha de mostrar con mayor claridad que no se trata simplemente de un descuido mayor del usual en la pintura de las vasijas, y de su presencia exclusiva en la zona, antes de ser tomada en consideración.

          Como conclusión de todo lo anterior, los datos actuales (lenta transición entre las cerámicas de Cogotas y del Hierro I; perduración de las últimas durante los primeros siglos ibéricos; utilización de las motillas del Bronce como habitat en época ibérica) sugieren el hecho fundamental de la continuidad poblacional en la meseta sur durante el último milenio antes de nuestra era. Antes que la llegada de nuevos elementos culturales, interpretables por la simple difusión a través de contactos con zonas vecinas más activas, es necesario explicar los cambios de asentamiento que se producen en el transito de uno a otro período, y entre las dos fases ibéricas. El mismo imperativo aparece claramente para interpretar el salto cualitativo que se produce en el ritual funerario a lo largo del primer Hierro, aunque por ser tal problema común a buena parte de la península, sea necesario rechazar, por absurda, la hipótesis de un reemplazo demográfico generalizado.

          Para entender el final de Cogotas I y el abandono del sistema de trashumancia a gran escala ligado a los yacimientos de fondos de cabaña, necesitaremos en un futuro próximo grandes series de datos paleoambientales que permitan contrastar la hipótesis de una causa climática para tal proceso (comienzos del empeoramiento subatlántico). Por el contrario, la iberización pudo más bien estar ligada a la entrada de la región en los circuitos comerciales periféricos, junto con cambios en la explotación económica del medio, para cuyo conocimiento habrá también que esperar a los datos de fauna y flora de las excavaciones hoy en curso. Finalmente, los últimos cambios de asentamiento, que se concentra en pocos y fortificados puntos, no pueden ser otra cosa que la respuesta ante los disturbios que acompañaron a la entrada en la región de los ejércitos extranjeros en pugna.

          Desde el punto de vista étnico, los datos arqueológicos, a pesar de su parquedad, indican una progresiva acentuación de las diferencias entre los grupos: de la unidad del Bronce Final, y casi siempre por influjos exteriores, se evoluciona a lo largo del milenio hacia lo que podríamos llamar "culturas" en áreas cada vez más pequeñas. Tales áreas podrán ser definidas con mayor exactitud arqueológica en un futuro próximo, en la medida en que se cuente con mayor información sobre la cultura material de cada una (decoraciones cerámicas, depósitos rituales, circulación monetaria), al igual que ha ocurrido en la investigación de otras zonas europeas. Las últimas unidades independientes de la península, sobre cuya organización social y política aún desconocemos casi todo (en espera del análisis espacial con los futuros datos de prospección), vieron interrumpido su camino hacia convertirse en pequeños estados por la inesperada conquista romana.

5.2.- El Poblado del "Cerro de las Nieves"

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          El poblado de Pedro Muñoz se fundó en algún momento, todavía mal definido, de fines del siglo VI o comienzos del V a.C. Los primeros ocupantes poseían una cultura material cerámica nacida de la fase prehistórica anterior, Primera Edad del Hierro con influencias de los Campos de Urnas, pero ya contaban con cerámica a torno de influencia suroriental ibérica. Por lo tanto, el problema de la transición entre las dos Edades del Hierro habrá de ser resuelto en otro yacimiento distinto del que nos ocupa. Algo parecido ocurre en un yacimiento similar y próximo geográficamente, el Cerro de los Encaños de Villar del Horno en la provincia de Cuenca (GOMEZ 1986), en el cual aparecen juntas las dos tradiciones desde la primera fase de ocupación del poblado.

          En varias síntesis regionales exhaustivas y recientes sobre el tema (RUIZ y LORRIO 1988; BLASCO en prensa), no se recogen tampoco sitios de transición, si exceptuamos algunos como el asentamiento de Ecce Homo (Alcalá de Henares), donde la mezcla de materiales en la mayoría de los contextos imposibilita el estudio evolutivo, o la necrópolis de Las Madrigueras, que por su condición funeraria no resulta tan apta para estudiar la adaptación como lo sería en un poblado. Este cambio de asentamientos (tal vez sólo aparente, pues se conocen realmente pocos sitios de ambos periodos), no parece implicar cambio poblacional, puesto que las tradiciones se conservan en gran medida (idéntica cerámica) y lo mismo se desprende de la ocupación de antiguas motillas de la Edad del Bronce durante la època ibérica (LOPEZ ROZAS 1987: 345-6).

          Los ocupantes del Cerro de las Nieves, aparte de dedicarse a la agricultura, testimoniada por los hallazgos de morteros, cubetas, etc. y a la metalurgia en pequeña escala, eran también pastores de ganado ovi-caprino, como testifica que los restos de fauna hasta ahora analizados lo sean de esas especies en un porcentaje próximo al 70 %. Tal vez practicaran la transhumancia, y tal cosa explique las frecuentes reconstrucciones de sus viviendas, derruidas durante alguno de los abandonos periódicos.

          Hacia fines del siglo IV o comienzos del III a.C. se produjo el abandono del poblado. A partir de este momento los asentamientos ibéricos de la meseta sur van a cambiar de estructura, y probablemente entonces se produjo la fundación de los grandes castros defensivos carpetanos y oretanos (Consuegra, Yeles, Mora de Toledo, Corral de Almaguer, etc.). Eran realmente nuevos tiempos, y la entrada de toda la zona sur en el ámbito político y militar del mediterráneo occidental, seguramente no está lejos de haber sido la causa de tales cambios.

5.3.-Proyecto de restauración y conservación del yacimiento y su entorno

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          Durante las últimas décadas se aprecia en la ciencia arqueológica de los países más avanzados una tendencia hacia la conservación de los yacimientos excavados para su exposición pública y aprovechamiento turístico. De esta manera los resultados de la investigación en este campo dejan en parte de estar limitados al reducido número de investigadores interesados y pasan a ser entendidos y disfrutados por la sociedad en su conjunto. Por otro lado, el pago por los visitantes de una pequeña cantidad por la entrada a los sitios contribuye a incrementar la financiación económica de las excavaciones, que con los recientes refinamientos metodológicos son cada vez más onerosas para la administración, y también a diversificar las fuentes de ingresos de la arqueología de campo.

          Toda una nueva especialidad arqueológica está surgiendo en la actualidad ligada a estas cuestiones: la "arqueología de gestión", como se llama en España, o el "cultural resources managemente", como es denominada en los Estados Unidos. El número de artículos y libros publicados sobre el tema va aumentando de año en año (por ejemplo: BINKS et al. 1988; PRYOR 1989), sirviendo de guía para los arqueólogos, por desgracia todavía la mayoría, que no suelen contemplar dentro de sus actividades la exposición para un gran público de los resultados de sus investigaciones. No solo se trata de restaurar las estructuras excavadas, sino de exponerlas de forma pedagógica y atrayente, con itinerarios preparados al efecto con carteles explicativos, maquetas y reconstrucciones, planos y fotografías, pequeños museos en el mismo yacimiento, tiendas de recuerdos y reproducciones, sala audiovisuales, etc. (BINKS et al. 1988)

          El objetivo de restauración en el "Cerro de las Nieves" se puede resumir en las siguientes actuaciones:

          1) Consolidación de las estructuras de mampostería, mediante la aplicación de cementos especiales con endurecedores y pegamentos en las juntas de piedras o de polímeros o resinas cuando se considere necesario (STUBBS 1984; CRONYN 1990: 116-26).

           2) Consolidación de las estructuras de adobe, las más abudantes, cubriendolas enteramente con silicato de etilo, material transparente que rigidiza enteramente la estructura (BALDERRAMA y CHIARI 1984). Teniendo en cuenta las características climáticas de la región, en especial los cambios de temperaturas extremas y heladas que se dan durante el invierno, será necesario prever pequeñas labores de restauración de los desperfectos que se producirán periódicamente.

          3) Los suelos de las habitaciones excavadas serán cubiertos con grava menuda, lo cual permite el drenaje de las humedades y conserva el aspecto original. En los recintos en que exista un suelo de adobe apisonado, éste se protegerá de la misma forma que las paredes citadas, al igual que las estructuras inmuebles existentes en algunos de los recintos (hogares, hornos, cuvetas de molienda, etc.). Igualmente, las paredes de tierra excavadas en el cerro (perfiles de excavación) se consolidarán mediante inyección de emulsiones acrílicas (Primal) evitar su desplome (SANZ et al.1984).

          4) Cubrición de la parte expuesta con un cobertizo de estructura metálica que lo proteja de la exposición directa al sol y sobre todo de las lluvias. La techumbre de tal cubierta sreá de fibrocemento traslúcido, de forma que exista suficiente luz para la apreciación de las estructuras. En las parte laterales se cerrará igualmente la parte inferior, dejando en la superior la posibilidad de aperturas para el paso del aire y la regulación de las temperaturas interiores. Dado que la superficie expuesta no es demasiado grande, no se considera necesario construir pasarelas de observación que crucen el sitio, lo cual perjudicaría la visión general y encarecería la obra, sino que serán suficientes las pasarelas laterales elevadas que permiten recorrer toda la periferia.

           5) En las citadas pasarelas se colocarán paneles explicativos con planos de las distintas zonas. En el exterior se colocarán también paneles con datos generales del yacimiento y la zona en época ibérica.

           6) Asimismo se prevé la construcción en el exterior de la zona excavada de una pequeña cabaña de adobe con cobertura vegetal, similar a las ibéricas originales, que servirá de ilustración pedagógica de las construcciones excavadas.

           7) La reconstrucción mediante repoblación vegetal del entorno ambiental de la zona, con especies originales de la zona (encina, olivo, pinos, etc.) creará una área que se pretende similar a la existente en tiempos ibéricos, contribuyendo asimismo a la belleza general de la obra (STUBBS 1984).

          En resumen, lejos de la imagen romántica de la ruina antigua abandonada y llena de misterio, la "verdadera ruina", lo que pretendemos es un ambiente arqueológico en el que la emoción del pasado y su contemplación lleguen a los visitantes tamizados, pero también reforzados, por una visión científica propia de nuestro tiempo. Al mismo tiempo, y no lo menos importante, queremos conservar estos restos para un futuro tan largo como sea posible.

6. -Bibliografia

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Nuestro máximo agradecimiento a: Victor M. Fernández Martínez y Emilio Hornero del Castillo (Departamento de Prehistoria, Universidad Complutense de Madrid) por cedernos la información expuesta aquí sobre el "CERRO DE LAS NIEVES" de Pedro Muñoz